Un OVNI sobrevuela los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984
Tras la agonía de la llama olímpica, la oscuridad envuelve el Memorial Coliseum de Los Ángeles. La voz del estadio comienza la cuenta regresiva para la siguiente escena: un juego de luces envuelve al público presente, previo a la sorpresa de la velada. Luego un extraño ruido anuncia el arribo de algo proveniente desde lo alto del campo de juego. En el cielo, distinguiéndose nítidamente por sus destellos titilantes, un “plato volador” sobrevuela el estadio de los Juegos Olímpicos y aterriza al compás de la banda de sonido del film “2001: Odisea del espacio”. Sobre la cabecera donde se encuentra emplazado el pebetero, entre sonidos de sintetizador y efectos de iluminación láser, un “extraterrestre” aparece ante los espectadores. Este es el broche de oro, la sorpresa de una ceremonia de clausura, que al igual que la apertura, exhibe una puesta en escena que pretende estar a tono, más allá de las limitaciones de un evento en vivo, con las megas producciones hollywoodenses al estilo de “La guerra de las galaxias”. Ese año, la sede de los Juegos fue la meca de la industria cinematográfica, una de las grandes protagonistas a la hora de la construcción del discurso político y cultural norteamericano.
El registro que destacamos contiene fragmentos de las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ambas tienen lugar, por segunda vez en la historia, en el Memorial Coliseum de dicha ciudad. Las imágenes compiladas permiten rastrear algunas de las características principales que delinean este importante evento deportivo que al igual que otros torneos de relevancia mundial se hilvanan con la política del momento.
De la puja por convertirse en sede olímpica para la cita de 1984, Los Ángeles había sido elegida prácticamente sin rivales. Que los anteriores Juegos hayan sido en Moscú le daba al evento un condimento extra. En una carrera que entonces parecía interminable, era necesario que la fiesta deportiva organizada por el centro del espectáculo occidental se eleve por sobre lo que lograron sus adversarios políticos cuatro años antes. Por esos días, en un discurso que pasó a la historia, el presidente norteamericano Ronald Reagan había sindicado a la Unión Soviética como el “imperio del mal” contra el cual “el imperio del bien”, representado por su país, no debía ceder un ápice, y no sólo en la carrera armamentística. Los Juegos fueron así también terreno de esta disputa.
Años atrás, la invasión soviética a Afganistán había decidido al presidente demócrata Jimmy Carter a promover un boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú. 65 países -entre ellos la Argentina- no acudieron a los primeros en realizarse en un país socialista, repitiéndose, aunque en mayor escala, la situación padecida en Montreal 1976 y el boicot de los países africanos. De esta manera, acercándose la fecha inaugural de los Juegos de 1984, el recrudecimiento de la “Guerra fría”, la intervención en Centroamérica -con la invasión directa en Granada-, y la política exterior de Ronald Reagan en general darán el marco para un nuevo boicot. Esta vez por parte de aquellos países que en su conjunto representaban el 58% del medallero general: la Unión Soviética y sus aliados, con la excepción de la Rumania de Ceaucescu.
Con esta importante ausencia, Peter Ueberroth (presidente del Comité Olímpico Organizador en Los Ángeles), Juan Antonio Samaranch (presidente del Comité Olímpico Internacional) y el mismo Ronald Reagan iniciaban oficialmente los Juegos. Samaranch, que debutaba como presidente del mencionado organismo, había promovido la inclusión de atletas profesionales en los principales deportes como método de promoción. Por su parte, Peter Ueberroth, que supo ser ejecutivo de Coca Cola, y acorde al clima neoliberal de época, fue el encargado de sacar la organización de los Juegos de la órbita del presupuesto de la ciudad de Los Ángeles. El ejemplo de Montreal (el rojo en las cuentas públicas que significaron los Juegos) proporcionó los argumentos para que se utilizara al máximo la capacidad instalada de la ciudad en materia deportiva, invirtiendo lo mínimo y vendiendo todo lo pasible de ser vendido a patrocinadores privados. La venta de los derechos de televisación había cubierto la mayor parte de los gastos, mientras que el recorrido de llama olímpica, viajando por primera vez por 40 Estados, aumentó la recaudación. El resultado: un superávit de 200 millones de dólares.
Por otra parte, el Comité Organizador ocultó hasta último momento el nombre del atleta que ingresaría con la antorcha olímpica al estadio. Finalmente la elegida fue Gina Hemphill, nieta del fallecido Jesse Owens, atleta afroamericano ganador de cuatro medallas de oro en Berlín 1936, en pleno auge del nazismo. Así, el país organizador ponía en primer plano la lucha contra otro “totalitarismo”. La gesta de Owens fue finalmente reconocida e integrada sin fracturas al status de “potencia del bien” frente al nuevo mal absoluto, relegando la historia afroamericana de los Estados Unidos: el atleta solía relatar que Roosevelt lo había tratado con mayor desdén que Hitler.
En el minuto 05:47 el compilado pasa de fragmentos de la Ceremonia de apertura a la de clausura. Luego del arriamiento de la bandera olímpica, las luces del estadio se apagan para dar lugar a la inconfundible voz de Vincent Price, quien narra en off el apagado del pebetero. Por esos años el reconocido actor de películas de terror, convocado por el productor Quincy Jones para el disco recientemente lanzado de Michael Jackson, aparecía en los principales rankings del mundo con su participación en la canción “Thriller”. Finalmente, luego del “mensaje extraterrestre” y el espectacular golpe de efecto con el que Los Ángeles deja en el olvido al osito con globos que simbolizó a los Juegos de Moscú, Lionel Richie ofrece uno de sus temas más reconocidos: “All night long”.
Los Ángeles 1984 marcaron así un antes y un después en la historia de los Juegos Olímpicos. A partir de ellos, y acorde con la doctrina del “fin de la historia” de los próximos años, los Juegos tenderán a una menor vinculación con la política y a una mayor presencia de deportistas profesionales, patrocinadores y ganancias privadas, que, por momentos, pondrán en tela de juicio la vigencia del “verdadero espíritu deportivo” contenido en el juramento olímpico.
Damián Esteban Pérez, 2016

